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¿Las barbas pueden cumplir 30 años?
FuenteDiaro La Época Fecha28 Julio 1995 PaísChile
Edición transcrita

Ahora decir Quilapayún es fácil. Son cuatro sílabas que responden a la fusión de las palabras Quila (que significa "tres") y payún (cuyo significado es "barba"). Pero en su momento era un nombre dificil y rebuscado. Sus autores, un trío de fundadores de la agrupación que cumplió 30 años el miercoles 26, lo eligieron teniendo a mano un diccionario mapuche.

Los hermanos Carrasco Pirad (Eduardo y Julio) y Julio Numhauser estaban resueltos a crear un conjunto folklórico que se alejara de los conceptos que en los 60 imperaban. Y ese "distanciarse" partia por la elección de un apelativo que quebrara denominaciones recurrentes como Las Condes o Los de Ramón.
cuando lograron dar con un rótulo fuerte y propio sintieron que algo se gestaba, si bien aún no estaba definido el tipo de innovación que harían.

Tras acuñar el término Quilapayún, los incipentes artístas comenzaron su conceptualización. De partida, la idea de tener pelos en la cara era un gesto de rebeldía. Comenzaba, entonces, a surgir un concepto estético que el propio Eduardo Carrasco expresaría en su libro La Revolución y las Estrellas (1988): "Asi como Los Beatles se habían hecho famosos por sus melenas, nosotros nos haríamos famosos por las barbas".

Pese a que estos principiantes poseian más ganas y espíritu que nociones claras de lo que querían preficar, tuvieron la fortuna de tener como maestros iniciales a un par de creadores protagónicos de la música popular criolla: Angel Parra y Víctor Jara.

Con Parra trabajaron sólo algunos meses de manera inorgánica, pero eso bastó para que aprendieran a utilizar nuevos instrumentos, montaran colectivamente canciones y adquirieran mayor confianza en sí mismos. La relación con Jara se extendío por tres años, tiempo que les permitío dar vida a un estilo, dominar la interpretación escénica, consolidar un nombre, editar sus primeros discos y ganar festivales.

Trío, cuarteto, quinteto

Junto con la evolución, el inicial trío fue transformándose en una agrupación cada vez más grande. Pasó a ser un cuerteto con la llegada de Patricio Castillo, componente que ha tenido varias "idas y venidas" y que actualmente forma parte de los que mantienen vivo el mito en París y se reúnen de vez en cuando para realizar conciertos o ensayar canciones. Luego se sumaría Carlos Quezada (1966). Junto co nla incorporación en 1967 de Guillermo (Willy) Oddó, asesinado por un travesti en 1991, se marginaría uno de los barbudos primigenios: Julio Numhauser.

Las ganas de progresar se vieron coronadas con repentinas oportunidades que no desaprovecharon. El primer viaje del grupo fuera del país fue una extensa gira en Europa. Allí. durante el paso por Francia, grabaron un disco junto a Juan Capra para el sello Barclay. Como tenian contrato exclusivo con Odeón, para el cual editarían una quina de álbumes (con el nombre del conjunto y números correlativos hasta cinco), se bautizarón como Los Chilenos.
Ya con la experiencia de esa primera travesía, en 1968 se sumaria Hernán Gómez. El novato ocupó la plaza dejada por el fundador Julio Carrasco. A esa altura eran quinteto: Eduardo Carrasco, Castillo (que había hecho su primer retorno), Quezada. Oddó y Goméz. El sexteto lo completaría, en 1969, Rodolfo Parada.

Durante 1968 comenzó el trabajo con DICAP (sello organizado por la Juventudes Comunistas), con el cual harían los trabajos "más políticos" (Por Vietnam, Basta, Cantata Santa María, Vivir como El y La Fragua). Aquí comenzó el acercamiento que lo convirtió en el brazo musical del PC. Y pese a que muchos de los discos de ese entonces parecen haber sido decididos en el Comité Central, hubo momentos de inspiración notables, como aquel que los llevó en 1969, mientras producían Basta y se hallaban faltos de material, a tomar -a modo de relleno- un poema de Nicolás Guillén para convertirlo en el clásico La Muralla o aquel que los indujo a relacionarse con Luis Advis para dar cuerpo, en 1970, a la historia de la matanza de Santa María, una de las obras más innovadoras de la música chilena y que sirvió de puente para las expresiones de la tradición oral, popular y docta.

Con el triunfo de Salvador Allende, Quilapayún también asumiría el poder, convirtiéndose en actor destacado del aparato propagandístico, en donde les cabía tanto hacer propaganda o disparar contra los enemigos políticos con canciones contingentes como Páralo, páralo o La Batea. En esta época trabajarían con el músico Sergio Ortega (La Fragua) y darían vida a un proyecto de semillero de artistas, de los que surgirían Barroco Andino y Ortiga. En los primeros años de la UP se había sumado al proyecto musical Hugo Lagos (para permitir en 1972 que Carrasco pudiera dirigir desde fuera del escenario) y Rubén Escudero (en un nuevo reemplázo de Castillo). Lagos aún permanece en el grupo; Escudero se retiró en 1974.

Pero el mejor papel que le correspondió al conjunto fue el de embajadores culturales. En medio de una de estas activiades, los sorprendería el golpe de 1973 en Francia. Así, la gira se extendería por quince años, tiempo que aprovecharían para recorrer 41 países, producer una decena de registros para Pathé Marconi y conocer el Olympia de París, el Carnegie Hall de Nueva York, o el Royal Albert Hall de Londres. Se convertiría, de igual modo, en el momento oportuno para trabajar con Juan Orrego Salas y con Gustavo Becerra. Asimismo, comenzarían a hacer crisis las convicciones políticas de estos músicos de poncho negro que, anticipando la caída de los socialismos reales, se marginarían del PC en 1981.

La crisis del retorno

En los días previos al plebiscito de Octubre de 1988 el grupo aparecio por Pudahuel. Allí venían históricos como Carrasco, Quezada o Parada, y nuevos miembros sumados en el exilio como Guillermo García (quien reemplazo a Escudero en 1974) y los ex Barroco Andino Ricardo Venegas (1978) y Patricio Wang (1982). Llegaban para participar en la Campaña del No. Estuvieron algunos días y volvieron a París, a excepción de Carrasco, hasta ese momento su director artístico, quien se instaló en Chile y organizó la gira que hicieron en Enero de 1989 por varias ciudades del país. La pobre acogida del esfuerzo hizo ver a Carrasco que el sueño habia terminado y se hizo palpable que Quilapayún no podía disputar un espacio que diera cuenta de su vigencia.

Sin embargo, su visión no parece interpretar a Parada y Wang, quienes asumieron la conduccióin de Quilapayún en los 90, como directores artístico y musical, respectivamente, y que incluso, demostrando que el proyecto sigue, sumaron al ex Ortiga Daniel Valladares y volvieron a abrirle las puertas a Castillo.

Carrasco cree que mantener a Quilapayún vivo es como hacer una sexta versión de Terminator. "Hay que saber morir a tiempo", recalca.

En la contraparte, Parada insiste en cada entrevista que concede desde el país galo, que, al menos de Chile, esperan oportunidades para mostrar su actual trabajo, el cual se plasmará en un nuevo disco a fin de año.
La discusión de fondo es clara y se centra en cómo mantener una marca -o un nombre- a través de los años, asumiendo los cambios de época, considerando las deserciones humanas y produciendo efectivos aportes creativos.

Víctor Fuentes