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Lo bueno, lo malo y lo feo de Viña ’73
FuenteRevista Ritmo Fecha6 Marzo 1973 PaísChile
Edición transcrita

TODO LO POSITIVO Y LO NEGATIVO DEL FESTIVAL. HAY COSAS DIGNAS DE DESACARSE… Y OTRAS QUE PUDIERON SER EVITADAS. TAMBIÉN MENCIONAMOS LO FEO… PAR AQUE NO SE VUELVA A REPETIR.

Ahora que han pasado varios días de la finalización del Festival de Viña, es bueno volver la vista hacia atrás para mirar, con una mejor perspectiva y con el ánimo de hacer una crítica constructiva, para destacar lo bueno, lo malo y lo feo del certamen. Nuestro deseo es contribuir al mejor éxito de la próxima edición y por ello hemos creído conveniente destacar los aspectos positivos y negativos del décimo cuarto Festival de la Canción de Viña del Mar.

LO BUENO

Un siete se mereció la organización del Departamento de Prensa, que a diferencia de años anteriores, mostró mayor eficiencia en la entrega oportuna de boletines a los distintos medios informativos, otorgando además toda clase de facilidades para le mejor desarrollo de estas funciones.

También es necesario destacar la organización del Departamento de Promoción del sello IRT, que con su gerente a la cabeza se trasladó en masa para apoyar y promocionar a todos sus artistas. Inmediatamente de conocidos los resultados de la primera etapa se organizó en los comedores del Hotel O’Higgins un champañazo en honor a los ganadores: Charo Cofré y Julio Zegers, en el que participaron todos los representantes de la prensa que se encontraban en ese momento allí.

Los artistas extranjeros, dando una muestra de profesionalismo, otorgaron toda clase de facilidades a los periodistas, concediendo entrevistas y dejándose fotografiar en cualquier momento, sacrificando muchas veces su tiempo libre para charlar con la prensa. Cabe destacar en este aspecto a Roomuald, Tony Ronald, Gino Ronni, Julio Iglesias, Cenizas, etc.

Algo digno de mención y realmente emocionante fueron los tres homenajes que se rindieron en el transcurso del Festival.

El primero, a Rolando Alarcón, que se realizó en la función nocturna, horas después de conocerse la noticia de su fallecimiento. Todos los integrantes de la parte folklórica cantaron en coro “Si somos americanos”, una de las cacniones más representativas de Alarcón.

Otro homenaje que se rindió fue a Andrés Rayder, compositor egipcio que falleció trágicamente, el año pasado. Su composición póstuma “Valparaíso una vez”, con letra de la periodista porteña Sara Vial, fue interpretada en dos oportunidades por el Coro Bizantino. Finalmente destacamos el homenaje que se le rindió a Chilote Campos, al cumplir cincuenta años de vida artística y de difusión folklórica. El Chilote recibió un arpa de oro y la Gaviota, símbolo del Festival, que agradeció bailando una cueca con la animadora Rosa María Barrenechea.

Una mención especial merece también la Orquesta Festival, acertadamente dirigida por Horacio Saavedra, con el lucimiento personal del baterista Patricio Salazar, quien fue muy felicitado por los artistas extranjeros.

Hablando de artistas extranjeros podríamos destacar las oportunas intervenciones de Fausto Rey que con su ingenio y simpatía contribuyó a disminuir la tensión que reinaba en el Festival.

Hubo también un chileno que contribuyó a disminuir esta tensión; fue Tato Cifuentes que para la prensa en genera fue “el héroe” del domingo cuatro de febrero. A Tato le tocó actuar inmediatamente después de Quilapayún, en medio de las rechiflas del grueso del público. Después de aproximadamente veinte minutos y poniendo en juego todo su experiencia, logró aplacarlo hacerlo reír con sus chistes.

Merece también destacarse el gesto de Gabriel Muñoz que no solo sacrificó oportunidades de lucimiento personal animando parte del show con Rosa María Barrenechea, sino que se transformó en un verdadero profesor de ella, enseñándole trucos para el mejor desempeño de su labor.

Las enseñanzas de Gabriel y el espíritu de lucha de Rosa María se tradujeron en una notable superación de la ex Miss Ritmo, en los últimos días.

Fue emocionante, y por eso lo destacamos, la espontánea reacción del público con el cantante Julio Bernardo Euson, que el año pasado ganó el premio internacional. Cada vez que cantaba “Julie”, el público, especialmente el de tribuna, encendía antorchas, creando un ambiente de emoción.

LO MALO

La parte negativa del Festival que esperamos, el próximo año desaparezca, pudo haber sido ínfima si se hubieran tomado las precauciones del caso. Por ejemplo, algo que se pudo haber evitado fue la discriminación ejercida por los organizadores, en el almuerzo de camaradería, efectuado en la pérgola del Club de Campo Las Salinas. A este almuerzo se invitó a todos los chilenos que intervinieron en el Festival (músicos, periodistas, cantantes), solos. Los extranjeros en cambio, pudieron asistir acompañados con sus señoras o algunos invitados, lo que molestó a muchos chilenos que quisieron asistir acompañados de sus esposas y no pudieron.

Otro aspecto negativo fue la desafortunada actuación de Rosa María Barrenechea la noche de su debut como animadora. Impresionó mal al público el tono alto de su voz. Lo que motivó un rechazo por parte de la gente. Naturalmente, el nerviosismo de Rosa María fue tal vez el gran culpable. El público debería haber mostrado mayor comprensión con ella, pero en muchas ocaciones no la dejó hablar.

Ya que hablamos de los animadores, fue notaria la falta de apoyo que en varias ocaciones tuvo Rosa María de parte de César Antonio Santis, fogueado animador nacional.

A juicio de Erick Bulling — y cambiando de tema— la selección de las canciones nacionales no fue la mejor. Bulling estuvo en el jurado que clasificó los temas finalistas que debían concursar en la primera etapa. Según él, hubo canciones mejores que merecían estar entre las cinco seleccionadas, pero no sucedió así porque hubo miembros del jurado que calificaron con muy baja nota canciones que otros miembros del jurado habían calificado con la nota máxima. Bulling dice: “Cómo pueden haber criterios tan dispares con respecto a una buena canción, cuando la calidad musical es algo bien concreto”. Creemos que debería establecerse un reglamento que permitiera seleccionar o las mejores canciones en forma más justa.

Fue notoria también la falta de camaradería entre los distinto paricipantes nacionales del Festival, muchos de ellos se agruparon según tendencias políticas.

Otro aspecto negativo fue la ceremonia misma de la entrega de premios, que resultó francamente fría.

La verdadero emoción de los primeros lugares se vivió en el sector de los camarines… en ningún caso en el escenario.

Cuando se conoció la noticia de los ganadores hubo carreras, abrazos, lágrimas y algún ceacheí. La gente decía lo primero que se le cruzaba por la mente. Entre el tumulto, el primer abrazo que se pudo apreciar fue el de Romuald y Julio Zegers. El francés ganador del segundo lugar, rápidamente atravesó el recinto para ir a felicitar a su contrincante.

Pero nada de eso lo vio el público. A la gente se le mostró un grupo de personas que agitaban gaviotas y sonreían para las fotos. Ya no había lágrimas, no había expresiones de sorpresa o incredulidad. Tampoco había gestos de decepción. Los ganadores, en posesión de la noticia con mucha anticipación, habían tenido tiempo de tranquilizarse. Por otro parte, fueron anunciados, si se quiere, “a la carrera”, lo que restó solemnidad y “calor a la final”. No hubo palabras de los competidores, ni una despedida que hiciera recordar que la Quinta Vergara permanecería vacía un año entero. Es que la final no fue despedida. Aún quedaba por entregar los premios folklóricos, que tampoco agregaban suspenso puesto que los resultados se conocían.

Este año, la gente no permaneció en sus asientos, esperando la gran noticia. Se quedaron los que querían pifiar o aplaudir a algún ganador folklórico. Otros, simplemente se fueron antes. Pero sobre todo, este año no se vio a la gente abandonar en grandes grupos la Quinta entonando la canción ganadora, como un himno del Festival que terminaba.

LO FEO

Esta parte no hubiéramos querido escribirla nunca, pero es necesario hacerlo para evitar que el próximo año se produzcan hechos que empañen el Festival.

Sin lugar a dudas, lo más feo del certamen fueron los bochornosos incidentes promovidos por el Quilapayún, conjunto que fue largamente pifiado por la mayoría del público. Estos hechos de tradujeron en la cancelación, al día siguiente, de la etapa de cierre de la parte folklórica.A consecuencia de estos incidentes, la Municipalidad canceló el contrato de Los Quincheros argumentando, el día seis de febrero, que “esta dolorosa medida fue tomada por la presión , no ya de una simple amenaza sino de la “seguridad” de que se llevaría gente especialmente a abuchearlos e impedirles su actuación en la Quinta Vergara, como represalia por las manifestaciones de reprobación de gran parte del ´público asistente a conjuntos que hicieron música comprometida y de consigna, en contravención a un claro acuerdo de no desvirtuar la imagen apolítica del Festival”.

Fue fea también la actitud del público que pifió el nombre de Neruda, autor de la letra de la canción “A la bandera de Chile”. Creemos que aunque Nerida tiene una posición política bien conocida, no estaba, sin embargo, haciendo política en la letra de su tema y por lo tanto no debería habérsele pifiado. Ojalá no vuelva a suceder una cosas así.

Otra actitud fea fue la que algunos sectores de prensa tuvieron con el cantante holandés Tony Ronald, quien en su primera actuación en Viña dijo que venía a cantarnos porque sabía que pasábamos por “momentos de apuros”. Esta frase fuertemente criticada por la prensa de izquierda motivó una conferencia de prensa en la que el cantante reconoció que había sido una intervención desafortunada pero sin la intención político que muchos creyeron ver en ella. Textualmente Ronald dijo: “Prefiero pasar por idiota antes que crean que pretendí hacer intervención política”. Las críticas al cantante holandés, que como todos los demás extranjeros, actuó gratis, debieron haber terminado después de su declaración pública, sin embargo no fue así porque algunos medios de prensa continuaron denigrándolo, cosa que no se hizo con Ofelia Lazo, que también, durante su visita a Chile, tuvo palabras que tenían intenciones políticas.

Y finalmente, lo feo, estéticamente hablado, fue el vestuario del coro que acompañó a los diferentes cantantes durante sus actuaciones. Los hombres vestían trajes semejantes a los que se usaban en los años veinte. Las mujeres, por su parte, salieron disfrazadas de hadas, con tules amarillos al viento y con vestidos que en ningún caso eran los más elegantes, sobrios o adecuados para la función que les correspondía cumplir.