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El trabajo voluntario visto por dentro
FuenteRevista Ramona Fecha23 Mayo 1972 PaísChile
Edición transcrita

FENSA: DURO CON EL TRABAJO, QUE DURA MÁS.

Cuando llegamos a Maipú era cerca de las nueve de la mañana. Hacía un frío y una neblina, para qué les cuento. Íbamos a la Industria Fensa, “duro con él, que dura más”. El chofer, pajareando, nos dejó como a diez cuadras. Obligados a tirar patas.

En Fensa, la cosa había comenzado a las 7.30 horas. De los 1.800 trabajadores, se esperaba que asistieran entre 500 y 700. Y allí los veíamos, firmes, contentos, un poco asombrados por la cantidad de extraños que en todas las secciones le hacían empeño junto con ellos.

En el taller de Armadura Final, un hombre pequeño, un poco calvo, de anteojos y muy sonriente, con una parsimonia y minuciosidad orientales, pasa un paño por sobre los accesorios de un refrigerador. Es Nguyen Hoang King, director de la Oficina de Informaciones del Gobierno Provisional de Vietnam del Sur.

Me contaban los compañeros que llegó a trabajar como a las cuatro de la mañana. Y si hubiera traído una llave, capaz que hubiera abierto las rejas y se pone a trabajar solo (es broma, Nguyen). Con humildad pidió hacer algo, se consiguió una cotona que le quedaba como cuatro tallas más grande y vamos dándole…

Esta es una modesta contribución al pueblo chileno. Los trabajadores se han dado la tarea de aumentar la producción, lo que es una tarea patriótica. Nosotros les deseamos éxito. La construcción del socialismo en Chile es la mejor forma de ayudar a la lucha del pueblo vietnamita.”

Allí se estaba expresando, prácticamente, una de las muestras más acabadas de “internacionalismo proletario”. Los obreros y empleados de Fensa habían acordado entregar la totalidad de lo recaudado ese día para contribuir a la construcción del Hospital de Niños “Nguyen Van Troi”, en Hanoi. Pero a petición de un grupo de operarias se resolvió dividir el aporte, destinando una parte a los damnificados por el temporal.

Pero no sólo el compañero vietnamita colaboraba con los trabajadores de Fensa. También se encontraban Beatriz allende, hija del Presidente, poniéndole el hombro en la bodega; Rodrigo Ambrosio, secretario general del Mapu, seco pa la pega de soldaduría.

Los seis cabros del Quilapayún también le daban duro en soldaduría de puntos. Claro que no era gracia, yqa que dos de ellos son ingenieros titulados, uno estudiante de Ingeniería y otro técnico químico.

El compañero José Cademártori, diputado comunista, no tenía pega y esperaba, humildemente en un rincón, que alguien le ordenara algo. En eso pasó un obrero, lo cachó y le preguntó en voz alta.
— ¡A ver…, a ver! ¿Quién le pega a las Matemáticas por aquí?
— ¡Yooo! — contestó feliz Cademártori, uno de los economistas más prestigiados del país.
— ¡Flor… Agarre esa escoba y barra!… ¡Ahh…, y me va calculando los metros cuadrados que vaya limpiando!…

ECHÁNDOLE EL PELO

Así era el trato, fraternal, amistoso, directo, cordial. El humor y la simpatía mutuos se apreciaban en todas partes. En la Fundición, los obreros habían construido una especie de escenario rasca, con simulados micrófonos, guitarras eléctricas y baterías, elaborados con cartones, fierros y mucha imaginación. Temprano habían hecho un show chuchoquero. Hasta una cámara de televisión tenían, de cartón y muy pintosa “Canal San Carlos, 007, transmitiendo para todo Chile”.

Y así vamos de sección en sección, husmeando, conversando, fotografiando, preguntando… De repente me paran los carros.
— ¡Chis, bueno!… ¿Vamos a trabajar o no?
— Compañero…, mi Trabajo Voluntario es reportear hoy día…
— ¡Chis…, la media custión!… No se vaya a despulmonar, gancho… Yaaa, déjese de andar copuchenteando y venga a ayudarme…

Y ahí trabajamos durante horas. Yo no tenía ni la más remota idea de lo que hacíamos…, ¡pero trabajaba con un entusiasmo! Estábamos reparando una cuestión grandota, con fuego adentro.

— ¡Oiga, jefe…, p’tas que están saliendo buenas estas estufillas!, ¿ah?
— Esto no es una estufa, estúpido…; es una caldera…

Después vino el almuerzo y el gran show. El conjunto colérico “Punto Seis” se ganó al público con pura simpatía y desplante. Todos los cobros del conjunto fueron bautizados por los trabajadores.

Luego estuvieron el “Dúo Quelentaro” y el “Quilapayún”. Mientras que la canción-relato de los primeros mantuvo tensos y conmovidos a los trabajadores, “La Batea” y “Vox Populi” fueron cantados y bailados por los trabajadores. ¡Había cada “piola” Pal recumbé!

Después se presentó René Duval, el gordo cantante de la antigua orquesta “Los Peniques”. Había estado trabajando toda la mañana y cantó, tal vez por millonésima vez, su célebre mambo “El partido por la mitad”. El cantante Fernando del Solar, que fue presentado por el animador Pablo Aguilera como un intérprete juvenil y estudiante universitario al mismo tiempo, cantó su primera canción, y de abajo vino la talla.
— ¡Que siga estudiando más mejor!…
Según Pablo Aguilera: “después del Trabajo Voluntario de todos nosotros, ahora los refrigeradores van a dar calor y las estufas van a producir hielo”. Pero eso era lo de menos, el entusiasmo continuaba.
Claro, eso sí, que el frío pelaba las orejas. Eso llevó a gritar a uno de los carros del “Punto Seis”: “¡A quién se le quedó abierto el refrigerador!”…

Y así terminó una jornada inolvidable. Casi 900 trabajadores habían asistido (un poco menos del 50 por cierto), cumpliendo de sobra las metas propuestas: 120 refrigeradores, 300 estufas, 130 lavadoras y 130 cocinas. Se había recaudado 120.000 escudos.